Extracto del libro de Jorge Mª Ribero-Meneses,
El Cristianismo nació en la Prehistoria
Una
bomba ha estallado en Vitoria...
Mes de Junio
del año 2006: mi lector, amigo y
copatrono de la Fundación de Occidente,
Francisco Ortuño, me escribe un SMS para anunciarme que las páginas de Internet crepitan, literalmente, ante la
noticia del descubrimiento en una vieja urbe celtibérica próxima a la ciudad de Biztoria > Vitoria, de una
representación del CALVARIO datada en
el año ¡200 y pocos! de nuestra era. Datada, añado yo, en el cálculo más pesimista y
procurando hacer ese impresionante grabado lo más moderno posible, con el fin
de evitar que dos mil años de Cristianismo
Apostólico-Romano se vengan estrepitosamente abajo, de un plumazo.
Y nunca mejor dicho, porque los monumentales
descubrimientos que se han realizado en
Les invito a ustedes a que buceen en las
obras de todos los historiadores y sabios españoles sin
excepción y a que se carcajeen,
como yo vengo haciéndolo desde hace exactamente veintidós años, ante la cantidad de mentecateces que todos aquellos
que han escrito sobre el pueblo basko,
han vertido en sus libros al referirse a la ...extraordinariamente tardía
y superficial cristianización de los Baskos, refractarios siempre no
sólo a la "romanización" sino también al "nuevo credo"
religioso impuesto a los Hispanos por Roma y sus legiones...
Sí, les animo a que se desternillen de risa
viendo desbarrar a sus anchas a todos los sabios
y santones de la cosa histórica... Lo
que incluye a todos los Menéndez Pidal, Caro Baroja, Barandiarán,
García Cortázar, Menéndez Pelayo, Antonio Tovar y un larguísimo
etcétera de eruditos y de especialistas de menos ringorrango que,
incapaces como sus maestros de pensar por sí mismos y de ver más allá de sus
narices, han venido pontificando desde hace mucho más de un siglo respecto al
leve y modernísimo sustrato cristiano de los pueblos del Norte de España y, muy en particular, de los menos romanizados: los
Baskos.
Verdadero bochorno produce leer a
esos supuestos sabios y constatar, a
partir del descubrimiento que acaba de realizarse, hasta qué punto eran (o son,
aquellos que aún viven) unos ignorantes de tomo y lomo, tan inútiles para
adivinar que el sustrato cristiano del
Litoral Cantábrico es, a abismal
distancia, el más profundo de todo el planeta, como para intuir la monumental
trascendencia de la lengua baska.
Si en lugar de pontificar sobre lo que no
tenían ni idea (fieles a esa costumbre tan española de sentar cátedra sobre
cualquier asunto, sin otra base que la de la ignorancia), los intelectuales
españoles se hubieran dedicado a estudiar
a conciencia tan compleja y delicada materia, habrían llegado a conocer, como
yo le he hecho, toda la multitud de datos hoy olvidados o enterrados que están
pregonando a gritos que
Sí, el acendrado catolicismo del pueblo basko demuestra hasta qué punto
resultaban sencillamente estúpidas
todas esas enseñanzas que los sabios
españoles (y de allende...) han vertido en centenares
de libros que versan sobre el fuerte sustrato pagano de los Baskos. Una hipótesis aberrante que
se da de tortas con la evidencia que supone el hecho de que existan dos Santos de la magnitud de Ignacio de Loyola y de Francisco Javier, creadores y
promotores de la que ha sido
(Si se me permite el comentario personal, a
pesar de haber nacido en ese impresionante semillero de vocaciones religiosas
que siempre ha sido Castilla, lo cierto
es que la mayor parte de los jesuitas
que me formaron a lo largo de mis ocho años de permanencia en el Colegio San José de Valladolid..., eran baskos...)
O sea que el Cristianismo llega muy tarde y mal
al País
Baskongado, allá por los inicios del Medievo, y resulta que en el año ¡200 y pocos!, cuando la
supuesta nueva religión se ve
duramente perseguida en Roma y, por
consiguiente, brilla por su ausencia en el resto del Imperio Romano (al ser escasísimos los efectivos humanos de que
dispone para propagarse), vamos a encontrarnos con un montón de dibujos
alusivos a la vida de Cristo,
conservados entre los cascotes de lo que tiene todo el aspecto de haber sido
una vieja escuela en la que se instruía a los niños de las familias más
acomodadas en el conocimiento de
¿Los Cristianos eran duramente
perseguidos por aquellas calendas y resulta que en una ciudad baska sometida al poder de Roma se les instruía a los mozalbetes
en todos y cada uno de los pormenores de la vida de Jesús? ¿Y quién les instruía? ¿Y de dónde había salido ese
preceptor cristiano, en unos años en
que la expansión del Cristianismo
estaba en pañales y en los que, teóricamente y por consiguiente, una Provincia del Imperio tan alejada y
marginada como Hispania se hallaba
abocada a verse privada de esa benéfica y
enriquecedora doctrina? Máxime cuando estamos hablando de un territorio
como Álaba, tan extraordinariamente
alejado de todos los principales focos de romanización
del Sur de España...
En el supuesto, absolutamente descabellado,
de que el Cristianismo hubiera
nacido hace dos mil años, ¿en qué cabeza humana cabe que iba a conseguir
propagarse por todo
Y añádase a todo ello que estamos hablando
de una época en la que las dificultades de desplazamiento eran infinitas, convirtiendo en una odisea
no ya el hecho de viajar de un país a otro sino, simplemente, el de trasladarse
de una región a otra de un mismo país. Porque los caminos eran escasos e
infectos y, además, estaban plagados de salteadores
dispuestos a lucrarse a costa de los infelices que osaban realizar largas
andaduras sin contar con una protección lo bastante sólida y disuasoria.
A todo ello se añade -no nos engañemos- un
hecho que nadie ha tenido en cuenta a la hora de analizar la forma como se
produjo la meteórica expansión del Cristianismo: el altruismo humano, en nuestro siglo como en todos los siglos, ha sido un hecho absolutamente excepcional. Como
regla general, nadie trabaja a cambio
de nada y, muchísimo menos, expone su vida gratis
et amore. Así sucede hoy, así ocurrió ayer y así ha pasado siempre.
Para que una doctrina religiosa, una ideología determinada, un movimiento
revolucionario o cualquier otro empeño similar logre
expandirse y arraigar por doquier, es conditio
sine qua non que exista un capital
que lo haga posible, destinado a remunerar
a aquellos que asumen el compromiso de llevar a cabo esa labor proselitista.
Que asumen ese compromiso a cambio de un sueldo o, como mínimo, de que se les
mantenga.
Nadie se entrega a una causa a cambio de
nada y en el caso de que lo haga, como sucedía antaño entre los más jóvenes y
por ello más idealistas, se desinfla
a los cuatro días. Sobre todo si la labor a realizar es tan ímproba y tan
ingrata como la que se les atribuye a aquellos primeros Cristianos que,
enfrentándose al Imperio más poderoso de su época (al tiempo que el más traidor
y más vil que ha existido en la Historia), habrían asumido la insoportable
carga de llevar la doctrina de Cristo
a todos los rincones de la Tierra...
Vamos a suponer que hubiera sido así..., y
en ese caso, ¿quién les pagaba? ¿Se ha formulado alguien, alguna vez, esta
pregunta? ¿Quién costeaba el gasto inconmensurable
que supone difundir una doctrina por todo
A falta de capitalistas y de un
Estado, como mínimo, que hubiera asumido el mecenazgo que la difusión de la
supuesta nueva doctrina requería, ¿quién alimentó y remuneró durante siglos a
los supuestos propagadores de las ideas de Cristo?
Dicho con otras palabras, ¿quién financió la expansión del Cristianismo?
¿Los cuatro desarrapados y soñadores que comulgaban con esa, en teoría,
desprendida doctrina?
¿Hay alguien que pueda decirme de un solo
caso en la Historia de la Humanidad en el que la expansión de un credo
religioso o de una ideología determinada no se haya materializado merced al concurso del dinero y de su
tradicional aliada la fuerza de las armas? Porque si me mencionan
ustedes el caso del Comunismo, tendré
que decirles que los primeros marxistas,
al igual que todos los sindicalistas o que los miembros liberados de todos los partidos
u organizaciones políticas, han
trabajado a sueldo. Porque el idealismo
dura todo lo que duran las reservas que permiten garantizarse el condumio
diario. Cuando esas reservas se agotan, todos los potenciales millones de idealistas que existen en
¿Qué fue lo que hizo posible la meteórica
expansión del Cristianismo por América a partir de 1492?
¿Fue la bondad e idealismo de los misioneros
españoles? ¡En modo alguno! Si aquellos conquistadores
de almas no hubieran estado arropados por los arcabuces de los soldados españoles, los indígenas habrían dado
buena cuenta de ellos en cuatro días, merendándoselos literalmente. ¿Qué hizo
posible la expansión del Cristianismo
por América? La respuesta es concisa
y rotunda: la fuerza de las armas y
del dinero. Sin la acción aunada de ambas, esa meteórica proyección
habría resultado impensable. Y si esto es así y nadie osará contradecir que siempre ha sido así, ¿puede alguien
explicarme cómo se explica que el Cristianismo
se expanda en cuatro días por todo el Imperio Romano, sin contar con el
respaldo imprescindible de las armas
y del dinero y teniendo en contra, encima, al Imperio más poderoso de la
Antigüedad?
La imposibilidad
material de que las cosas pudieran suceder de la forma como se nos ha
tratado y sigue tratándose de hacernos creer desde hace dos mil años, nos
obliga a considerar, seriamente, la posibilidad de que se haya consumado un
enorme, un impresionante fraude, en relación con la forma como se produjo el
nacimiento y difusión del Cristianismo.
Porque lo que está rotunda y rabiosamente claro es que las cosas no pasaron como se nos ha contado hasta hoy. Y si
esto ha estado claro siempre para cualquiera que se haya molestado en analizar
el asunto con independencia de criterio y con una mínima profundidad, esa
claridad ha pasado a ser cegadora
tras los descubrimientos que acaban de realizarse en
¿Fletaron
los quiméricos y nulamente
históricos Apóstoles una avioneta
para, salvando el Mediterráneo, llevar la nueva
doctrina a un rincón del Imperio como
Ocioso es decir que todo este cuadro que vengo dibujando se oscurece y
ennegrece infinitamente más si contemplamos la posibilidad (que yo doy por cierta) de que las dataciones de C14 y del acelerador de partículas que se han obtenido en Groninghen y en
Toulouse no sean exactas y que, como
es norma habitual en este tipo de precavidísimos
laboratorios, se haya datado a
Porque si ya resulta delirante que pueda aparecer en Álaba lo que ha aparecido, en el supuesto de que el Cristianismo naciera hace dos mil años,
imagínense ustedes hasta qué punto resulta descabellado
que ello pueda ser posible en el caso de que las condicionadísimas dataciones de Groninghen y Toulouse hayan
hecho por lo menos un siglo más
modernas las piezas descubiertas en Belleia.
Muy señores míos, ¿en qué cabeza humana cabe que una religión que supuestamente nace en
Palestina, en la otra punta del Mediterráneo, y que tiene su metrópoli en Roma (también en el quinto pino), nos ofrezca sus primeros vestigios en un
área tan absolutamente periférica y marginal del Imperio Romano como lo es el Norte de España? Amén de que,
como hace ya muchos años que escribí, ¿en qué cabeza humana cabe que una
religión que -se nos dice- nació en Palestina,
haya llegado a arraigar en todo
Todo ello -y lamento repetirme pero ni
existe otra palabra ni tampoco otra reacción cabal posible- es rabiosamente estúpido. Y es importante
subrayar el hecho de que todas estas reflexiones, así como la propia redacción
de este libro, no nacen al calor de los
descubrimientos realizados en Álaba el pasado año 2005, sino que -como van
a poder leer mis lectores- arrancan de más de quince años atrás. Nadie podrá tildarme, pues, de oportunista, cuando lo que estoy
escribiendo es lo mismo que vengo
escribiendo sobre esta materia desde el año 1990 aproximadamente, ANTES de que se produjeran los
hallazgos de Belleia o cualquier otro hallazgo que refrendase mis tesis.
Descubrimientos que, de todos modos, yo estaba absolutamente persuadido de que
iban a producirse. Como lo estoy de que lo que ahora se ha descubierto es sólo
la punta de un iceberg que en el
lapso máximo de una década va a
echar por tierra todo cuanto desde hace dos mil años se ha venido sosteniendo
en relación con el origen del Cristianismo,
probando hasta el hartazgo que
esta religión hunde sus raíces en tierras cantábricas
y en
¿Cómo nos asombramos de que se descubra un Calvario
de hace 1800 años a tiro de piedra de Vitoria, cuando hace más de 30.000 años ya se pintaban cruces en las grutas cantábricas? Y es que lo que, por
encima de todo, prueba la verdad de las cosas, es su contexto. La presencia de cruces
en el Norte de España, ya desde la
Prehistoria, resulta abrumadora. La presencia de cruces en Palestina
brilla esplendorosamente por su ausencia. A partir de esta elementalísima
reflexión, el misterio respecto a la
génesis del Cristianismo se resuelve
por sí solo: el Cristianismo nació
allí donde existía el contexto que justifica y explica su alumbramiento.
Todo lo demás, todo lo que se nos ha contado y enseñado, todo lo que sigue
repitiéndose en los púlpitos y hasta
en las cátedras, es fruto de una monumental e interesada extrapolación. Todo lo demás constituye el FRAUDE más colosal de cuantos se han perpetrado en toda la
historia de la Humanidad.
Jeroglíficos
egipcios en Álaba
Para que la onda expansiva de los descubrimientos efectuados en Vitoria resulte más destructiva en relación con la lectura
convencional y tradicional de la Historia, el destino ha querido que la
representación del Calvario más
antigua del mundo -insisto, trescientos
años más antigua que la más vieja aparecida en las Catacumbas de Roma-, haya ido a aparecer acompañada
de una colección de fragmentos de cerámica similares al que reproduce el Calvario,
en los que nos encontramos con algo tan sorprendente y tan inexplicable como
son jeroglíficos supuestamente
egipcios. Jeroglíficos que un
maestro supuestamente llegado de Egipto habría enseñado a los niños de
la ciudad de Belleia, poniendo de manifiesto que, si se enseñaba esa
modalidad de escritura a los menores de edad es porque todos los adultos
pertenecientes a las clases más acomodadas la conocían también e incluso
Un razonamiento tan elemental como el que
acabo de hacer, no se lo han planteado los descubridores del impresionante
tesoro histórico exhumado en Belleia, convencidos de que algunas
familias pudientes de esta ciudad contrataron
a un maestro egipcio para que
instruyera a sus hijos. ¿Instruirles enseñándoles una escritura como la jeroglífica que por aquellas calendas
ya ni siquiera se utilizaba en Egipto?
La especialista catalana que ha estudiado los hallazgos dice, incluso, que en
el momento en que supuestamente se dibujaron estos jeroglíficos alabeses, hacía la friolera de cinco siglos que esta modalidad
de escritura había pasado a la historia en
Cuando veo razonar a los sabios, a los especialistas, con tan impresionante simpleza, no puedo dejar de reflexionar sobre lo baldío que ha
resultado el hecho de que la Naturaleza haya dotado a los seres humanos de una
tan prodigiosa como insólita capacidad intelectual. ¿Para qué nos sirve si no
la utilizamos? ¿Para qué y de qué nos sirve ser seres pensantes si cada vez que nos enfrentamos a algo que se aparta un
ápice del guión que se nos ha
inculcado desde la infancia y que tan trabajosamente hemos aprendido,
desbarramos a modo y manera refugiándonos en las explicaciones más estúpidas
que quepa imaginar, en lugar de pasar por
la piedra de un análisis serio, profundo y riguroso todo cuanto creemos
saber, planteándonos seriamente la posibilidad de que todo el conocimiento que
atesoramos sea un amasijo impresionante de errores, falsedades, simplezas y
disparates?
Que a unos niños alabeses se les enseñara
a escribir jeroglíficos hace 1800
años, sólo tiene una explicación, cabal, posible: que se tratase de una forma de escritura
HABITUAL y TRADICIONAL en el Norte de España, siendo de esta región, MATRIZ
INDISCUTIBLE DEL PUEBLO EGIPCIO según tengo abrumadoramente demostrado en
multitud de libros, de donde dicho pueblo recibió esa inteligente y primitivísima
manera de transmitir el conocimiento. Y no estará de más recordar en
este punto que el nombre de Arabia, región vecina de Egipto, es un calco del nombre basko de Álaba: ARABA. O, para quienes no me hayan leído hasta hoy,
que en el propio Norte de España y
en el entorno inmediato de Álaba han
existido hasta SEIS ríos denominados
NILO, denominándose MONJES EGIPCIOS a aquellos que
residían -y residen- en las riberas de uno de esos ríos: los monjes del
Monasterio de Santa María de Balbanera, situado junto al
río NEILA. Y hago notar que NEILO fue el nombre griego del Nilo y que el cenobio de Balbanera reproduce textualmente
el nombre del monte BALBÉN o BELBÉN en el que las más remotas
tradiciones de los ancestros de los
egipcios localizaban el
nacimiento de la vida sobre
Este tipo de evidencias son los que dejan al
descubierto la inconsistencia de la
lectura tradicional de la Historia que hemos heredado (¡malhadada herencia!) de
las generaciones que nos han precedido. Porque cuando por primera vez en la Historia los Españoles empezamos a estudiar
seriamente nuestro pasado -en lugar de destruir o de enviar al Vaticano todo lo que se encuentra-, descubrimos que hasta
hace solamente 1800 años se les enseñaba a los niños a escribir jeroglíficos... O caemos en la cuenta
de que los pueblos de Celtiberia utilizaban el alfabeto griego, en una extensa
zona del interior de
En otro tomo, en este caso el IV, de este mismo Diccionario, he estudiado en profundidad otro interesantísimo
episodio arqueológico reciente que ha permanecido indescifrado por mor de la
simpleza de sus protagonistas: en este caso unos papirólogos germanos e italianos a cuyas manos fuera a caer el
torpemente denominado Papiro Artemidoro, descubierto entre
las entretelas de una momia egipcia. ¿Saben ustedes lo
que aparece reproducido en ese papiro? Pues nada más y nada menos que el más antiguo mapa conocido. Y
¿qué es lo que aparece reproducido en esa remota carta geográfica que a modo de guía
para su viaje al Más Allá llevaba consigo una momia
egipcia? Efectivamente, lo han adivinado ustedes: ¡un mapa de
Las almas de los Egipcios
regresaban a su tierra originaria
de lo que ellos denominaban el Occidente o el Amenti... Nombre, este
último, que lleva también su sorpresita incorporada. Porque Amenti
es una leve corrupción de ARMENTI y
este nombre al que los filólogos baskos atribuyen una etimología que produce vergüenza
ajena oírla (granja de vacas), no es
otra cosa que una variante de uno de
los más antiguos nombres de Hiberia, documentado en un mapa italiano del
siglo XIV: ARMENIA. Por eso todas las más viejas fuentes históricas
se muestran coincidentes a la hora de situar en Armenia la cuna de la Humanidad, habiéndose supuesto que ese
país es el asiático que hasta hace cuatro días ha ostentado este nombre. Del
mismo modo que tres de sus vecinos calcaron otros tantos antiguos nombres de Hiberia: IBERIA..., GALACIA y ALBANIA... Sin comentarios.
A
¡Vive
Dios!, ¿en qué cabeza mínimamente bien acondicionada puede caber el dislate
de que el nombre de Armentia signifique granja
de vacas, cuando por una parte y como hemos visto reproduce un antiquísimo nombre de España y, por
otra y con absoluta coherencia, designa a la que fuera antigua Sede Episcopal de la región alabesa? ¿No es del más elemental sentido común que Armentia
era un nombre sagrado y que,
debido a ello, se impuso esa denominación al que en su época fuera el enclave más sagrado de Álaba?
Si sería sacrosanta y reverenciada
la sede de Armentia, que su
nombre reproducía literalmente el
del Paraíso
o Tierra
Originaria de los Egipcios
mediterráneos: ARMENTI. El
mismo término, por cierto, que mínimamente deformado denominara -¡mucha
atención!- a las pirámides egipcias.
Una vez más con la más rotunda y admirable coherencia, por cuanto ¿no eran las
pirámides los vehículos a través de
los cuales los faraones y altos dignatarios egipcios soñaban viajar hasta su
fertilísima patria originaria de la...
Aramantia = Armentia = Armenti = Amenti
del País del Ocaso?
Por cierto, he omitido decir que
Una vez conocidos todos estos datos, que son
una milésima parte de los que podría proporcionarles, ¿puede extrañarnos un
ápice el hecho de que unos niños alabeses
estudiasen y practicasen la escritura
jeroglífica? ¿No es más bien la posibilidad contraria, la de que no aparecieran, la que debería
sorprendernos? Y en este sentido debo añadir que personalmente no he abrigado
jamás la menor duda de que la escritura jeroglífica se había practicado en el Norte de España y de que el
descubrimiento de vestigios de ella en esta región era solamente una cuestión
de tiempo. Pues bien, parece que no ha habido que esperar demasiado...
Recurriendo, como siempre, al sentido común,
uno de los argumentos a los que he recurrido en el pasado para fundamentar mi
tesis sobre el origen hibérico de la
escritura jeroglífica, es el hecho
de que sea la lengua castellana la
única del planeta que ha conservado no ya una sino dos palabras emparentadas
con ese término y cuya antigüedad es tal que permiten explicarlo. Esas palabras son jerga y jerigonza, referidas a un
lenguaje primitivo y hermético de muy ardua comprensión. Exactamente lo que son
los jeroglíficos.
Y la conclusión es inevitable: no habiendo existido relación alguna entre España y Egipto, por lo menos hasta donde alcanzan nuestros conocimientos
históricos, y no pudiendo achacarse a esa intensa relación el hecho de que
llegaran a nacer esas dos palabras castellanas, referidas a esa escritura
egipcia que aquí nos era completamente desconocida, la única explicación cabal
que podemos dar a ese hecho es el de que existía efectivamente en