Fundación de Occidente. Jorge Mª
Ribero-Meneses
DICCIONARIO UNIVERSAL. Tomo I. Las Fuentes Tamáricas -I-.
I. El primer emplazamiento de Santander
El
miércoles 16 de Febrero y ante el Notario de Santander don Ernesto Martínez Lozano, que
extendió el protocolo correspondiente, desvelé el resultado de
las investigaciones que vengo realizando desde hace varios meses, con el fin de
descifrar la verdadera identidad de la peña santanderina conocida como Peña Castillo, así como la de la Finca de Campo Jiro o de La Remonta que se
extiende a sus pies y cuya más que obvia singularidad venía
intrigándome desde hacía años [lám. C].
¡Cuántas veces la he contemplado con extrañeza y
admiración en mis caminatas hacia las instalaciones del periódico
Alerta, al pie de Peña Castillo, o durante los años en que fuese ésta la
meta de mis paseos desde el que fuera mi domicilio en la calle Florida de Santander! Aunque es muy posible que
mi curiosidad no hubiese llegado a sustanciarse en descubrimiento alguno, si no
se hubieran producido los dos hechos siguientes, coincidentes en el tiempo: el
reciente traslado de mi residencia a Peña
Castillo, y el propósito anunciado por el Gobierno de Cantabria de convertir la Finca de La Remonta en un
barrio formado por más de cinco mil viviendas de protección oficial. Una iniciativa que erizó de
espanto mi escaso cabello, cuando tuve conocimiento de ella, a pesar de que
entonces no tenía ni la más remota idea de lo que pudiera haber
sido, en otro tiempo, esa deliciosa heredad regentada hoy por el Ministerio de Defensa. Lo que quiere
decir (se hace bueno una vez más aquello de que... no hay mal que por bien no venga) que de no haber mediado ese
desatinado proyecto, es casi seguro que yo no habría encontrado
jamás el tiempo necesario para investigar en profundidad la ascendencia
de esa privilegiada hacienda.
La necesidad suele apremiar y ella ha sido la que,
espoleando mi voluntad, me ha llevado a realizar varios descubrimientos
histórico-arqueológicos de una importancia colosal y de enorme trascendencia
para Santander. Porque debo confesar
que jamás, a lo largo de los
cerca de cuatro lustros que hace que vengo tratando de identificar la
ubicación de las celebérrimas Fuentes Tamáricas, se me había pasado por la cabeza
que pudiesen hallarse en la
Bahía de Santander y, mucho menos
aún, en esa bucólica y hoy codiciadísima finca. De todo
ello hablaré en las páginas de este libro. En las apretadas
páginas de un libro en el que apenas podrá tener cabida una
mínima parte de cuanto hoy (día 4 de Abril del año 2005 en
que redacto estas líneas) conozco ya respecto a la inconmensurable
trascendencia histórica del que afirmo que -el día que se lleve a
cabo la excavación correspondiente- se revelará como el yacimiento arqueológico
más fértil del planeta. Y ello no tanto por la cantidad de
hallazgos que habrá de depararnos, cuanto por la calidad,
antigüedad y trascendencia de los mismos. Porque aquélla, la cantidad, estará
trágicamente condicionada por los infinitos avatares que a lo largo de la Historia ha sufrido un
enclave como el que protagoniza las páginas de este libro, cuya
verdadera identidad me veo obligado a ocultar a mis lectores. Por lo menos en
el contexto del presente libro y de los que habrán de seguirle y en
espera de que la lectura de los numerosos títulos que habré de
dedicar a esta hoy anónima y olvidada heredad santanderina, les
proporcione a mis lectores el caudal de conocimientos necesarios para conocer y
asimilar todo cuanto se esconde tras este idílico predio, codiciado hoy, ayer y siempre y cuyo destino se ha visto
marcado por la discordia desde sus
más remotos orígenes.
Por escasos que fueran los hallazgos que las futuras
excavaciones nos deparen, la calidad
de cuanto la hacienda de Campo Jiro
pueda proporcionarnos está garantizada. Y ello, insisto, por la
ancianidad y el protagonismo
histórico que este lugar ha desempeñado desde edades
extraordinariamente remotas. Lo que quiere decir que lo poco o mucho que este
privilegiado enclave haya conservado y comience a brindarnos desde ahora, no será copia de nada de cuanto
hasta hoy conocemos, sino modelo. Y ello reza tanto para los bienes muebles
que este excepcional yacimiento pueda atesorar, como para los bienes inmuebles
que hayan podido perdurar hasta nuestros días y sobre los que reza, precisamente,
el contenido de este libro. Libro que ya antes de iniciarse su redacción
ha despertado las suspicacias de unos y de otros, al resultar casi ofensivo
para todos el grado de certeza que he alcanzado respecto a la importancia de un
lugar en el que absolutamente nada se ha conservado, por lo menos a nivel
superficial, y sobre el que nada, absolutamente nada, se sabe.
¿Cómo puedo saber lo que jamás
se ha sabido? ¿Cómo puedo ver en ese lugar lo que ni nuestra
generación ni las que le han precedido han podido contemplar?
¿Acaso he descubierto algún raro y
olvidado libro en el que se desvela la identidad de ese rincón, otrora ribereño, de la Bahía de Santander? ¿Tal vez he
descubierto un grabado en el que se reproduce cuanto el subsuelo de ese privilegiado
predio esconde?
No, ni este libro ni mis veintitrés
años de febril dedicación a la investigación
histórica tienen nada que ver con todos los Indiana Jones que existen o hayan podido existir y a los que el
destino ha puesto un mapa o un roído manuscrito en su camino. Mi vía es
completamente distinta a ésta y no esconde misterio ni secreto alguno
más allá del que supone el hecho, bien conocido por todos, de que
no existe otro camino que el de la
constancia, el sacrificio y el esfuerzo para acceder al conocimiento.
Porque se puede alcanzar la fortuna en un instante, generosamente ofrecida por
el azar, pero no se ha descubierto
aún otra vía que la del trabajo para conquistar la sabiduría. Y no hablo de un trabajo de proporciones razonables y humanas, sino de un trabajo feroz,
absorbente, brutal y lleno de renuncias, como el que deberá afrontar
todo aquel que aspire a llegar a conocer lo que nunca antes se ha
conocido. Porque para llegar a saber lo que antes otros han sabido, es
preciso poner a contribución un enorme esfuerzo, pero para llegar a
conocer lo que nadie ha conocido, lo que
se requiere es hacer renuncia de la propia vida, en aras de esa
búsqueda. Porque si breve es la vida humana, muchísimo más
cortos son los años de madurez intelectual de los que podemos disfrutar
para empeñarnos en esa búsqueda ferviente e infatigable de la
verdad.
Veintiún años buscando lo que al fin he encontrado en la
heredad santanderina de Campo Jiro
constituyen todo el secreto del
descubrimiento que en ella he realizado, fruto de un proceso de razonamiento
netamente deductivo, alimentado por
todas las decenas de miles de datos que mi mente ha ido almacenando a lo largo
de esas dos décadas de dedicación exhaustiva al estudio de los
orígenes de nuestra especie. Ése es todo el secreto: trabajo, sacrificio y estudio en cantidades industriales, contando
siempre, naturalmente, con el concurso inapreciable de la intuición y de la imaginación. Porque como
lúcidamente escribiera Paul Emile
Victor:
Los verdaderos científicos son poetas e
imaginativos. Sin ellos, la
Ciencia no existiría. Los otros son contables y
tenderos: no descubren.
Trabajo pues, por encima de todo, pero además
e indispensablemente, intuición.
Y también, por qué no decirlo, un poco o un mucho de suerte.
Porque si ni el Gobierno Regional de
Cantabria se hubiera empeñado en destruir la finca de Campo Jiro, ni los avatares de mi
propia vida me hubieran traído a vivir a Santander y a residir en su entorno desde el inicio del verano del
año 2004, jamás habría llegado a descubrir lo que he
descubierto y que, insisto, venía persiguiendo desde hace más de
dos décadas. Lo que quiere decir que lo sabía ya casi todo
respecto a ese lugar que constituía el objetivo primordial de mi investigación...,
pero seguía desconociendo su emplazamiento. O, por lo menos, su
emplazamiento exacto, puesto que
hace ya bastantes años que había identificado su contexto.
Con este libro, pues, primero de mi Diccionario
Histórico-Etimológico-Geográfico Universal, he querido
rendir a la ciudad en la que resido y de la que siglos ha partieron mis
antecesores, el mayor servicio que creo
puede prestársele a cualquier lugar o persona: devolverle la memoria
perdida respecto a su origen. Porque
en esa memoria perdida se encuentra su verdadera razón de ser, el
porqué de su identidad.
Cueva Andrés Inicio
Las investigaciones que vengo realizando demuestran
que el primer emplazamiento de la ciudad de Santander, anterior incluso al que en una época
también remota existiera en la cumbre de Peña Cabarga, fue la peña a la que popularmente se
conoce como Peñacastillo,
habiendo tenido su raíz en aquella antiquísima ciudadela todos
los más antiguos linajes santanderinos y siendo la toponimia de la
ciudad una proyección a gran escala de la que originariamente designase
a la mencionada peña y a su entorno inmediato.
La identificación de la Peña Castillo
como primer asentamiento de Santander
-en el que, dada su antigüedad y cuantos datos se conocen sobre él,
cabe presumir la existencia de vestigios arqueológicos de primer orden-,
sólo puede sumirnos en el desconsuelo y en la indignación, al
haberse permitido desde hace décadas la virtual destrucción de
dicho monte..., en aras de una cantera. Y ello -como sucede ahora con la vecina
finca de Campo Jiro- a pesar de que
ya se tenía constancia de la existencia en esa peña de un importante yacimiento paleolítico
datado en el mismo período al que Altamira pertenece.
Dado que la fachada principal de la montaña
era la que mira hacia la Bahía que
antes bañaba las faldas mismas de Peña
Castillo, es fácil deducir que las cavidades más importantes
que se abrían en su seno se han perdido para siempre, no
asistiéndonos ahora otra esperanza que la de que exista algún
ramal o derivación en la fachada opuesta de la peña que, por
haberse conservado relativamente intacta, pueda atesorar aún
algún vestigio significativo de lo que fuera el primer asentamiento troglodítico de la ciudad de Santander.
Lamentablemente, mi descubrimiento de la primera Santander llega demasiado tarde no sólo
para proteger Peña Castillo
como, de hecho, ha venido siendo protegida durante la mayor parte de su
historia, sino también para impedir que el entorno de un monumento
natural e histórico de esta magnitud se viera degradado hasta el extremo
inconcebible en que hoy podemos verlo, edificado ya prácticamente en
todo su derredor y próximo a convertirse en una peña desgarrada,
totalmente abrazada por un cúmulo de urbanizaciones, chamizos, centros
comerciales y naves industriales que la están asfixiando y privando de
toda perspectiva y encanto. Y es importante insistir, en este sentido, que estamos hablando de una ciudad
prehistórica que aventaja en muchos miles de años a las
más antiguas que hasta hoy se conocían en el ámbito de
Mesopotamia.
Es lamentable que la presencia de los
topónimos Peña Castillo y El Castro no hayan
alertado a los historiadores sobre la posible existencia de una
población, antiquísima, en un enclave tan absolutamente
privilegiado y paradisíaco como el que ocupara la antigua Sant Anders
o San
Andrés. Como es deplorable que la propia ignorancia de los
estudiosos e historiadores locales, empecinados en sustentar el dislate de que
el nombre de Santander procede de San Emeterio, les haya impedido ver que
el nombre de CUEVA ANDRÉS con el que era conocida la cueva principal
de la cumbre de Peña Castillo,
estaba no sólo documentando sino proclamando a voz en grito que era en
esa cumbre en donde se hallaba el primer emplazamiento de la ciudad que siempre ha respondido a los nombres de Sant Anders, San Andrés o Santander.
La misma obcecación en querer hacer derivar Santander
de San
Emeterio es la que ha llevado a los eruditos locales a tildar de patrañas las fábulas que
envuelven el pasado de Peña Castillo,
incapaces de entender que la existencia de leyendas es el testimonio más
elocuente e inequívoco de la enorme antigüedad de un lugar
determinado. Sólo los enclaves enormemente antiguos poseen
fábulas y esa ancianidad será tanto mayor cuanto más rica,
compleja y enmarañada sea la urdimbre de mitos nacidos al calor de esos
antiguos poblamientos o accidentes geográficos (montes, ríos,
lagos...).
El primitivo emplazamiento de Santander no
habría sido destruido si quienes tenían el deber de
desentrañar el origen de la ciudad, en lugar de burlarse con suficiencia
de las fábulas que circulaban en torno a Peña Castillo, se hubieran tomado la molestia de analizarlas
y estudiarlas en profundidad, comprendiendo
que la Mitología
es la historia de la
Prehistoria y que lo importante de un mito no es el mito en
sí sino el trasfondo del mismo. En efecto y si se hubiera hecho esa
pesquisa que personalmente y aun no teniendo ninguna obligación de
hacerlo, me he molestado en realizar, los historiadores locales habrían
descubierto que las fábulas en torno a Peña Castillo son un calco de las que perviven en Irlanda,
entre unos pueblos que siempre han blasonado de su ascendencia
cantábrica. Lo que (habida cuenta de que el poblamiento de Irlanda tras
la última glaciación se produjo hace en torno a 10.000 años), ofrece una idea de
la enorme antigüedad del enclave de
Peña Castillo, contrastada arqueológicamente por los
hallazgos efectuados en él hace más de un siglo.
Una de las pruebas más elocuentes y
concluyentes en relación con el ilustrísimo origen de Peña Castillo, nos la
proporciona el elevado número de
iglesias y ermitas que han existido en torno a ella y de las que algunas
perviven, otras nos muestran aún sus últimos sillares, unas
terceras aparecen documentadas en libros y escrituras y otras, en fin, han
dejado memoria a través de la toponimia. Es
un hecho que cuanto más denso y cerrado es el cinturón sagrado
que rodea a una población, mayor ha sido su importancia y su sacralidad.
Y, en este sentido, los casos de Burgos
y Segovia son paradigmáticos,
tanto por la cantidad de templos que las rodean como por su inconmensurable
categoría artística. Siendo, pues, los cercos de ermitas y monasterios los que definen y caracterizan a
todas las poblaciones antiguas, el hecho de que no menos de quince edificios religiosos se hayan
apiñado, hasta hace muy poco, en torno a Peña Castillo, pone de manifiesto la extraordinaria
importancia de la ciudadela o acrópolis que fuese erigida en
su cumbre, contando sus pobladores con la doble protección que les
otorgaban, por una parte las cavidades subterráneas que tanto abundaban
en aquella peña y, por otra, las aguas de la Bahía
que lamían sus faldas en buena parte de su perímetro.
La alusión a Burgos y a Segovia no es
gratuita. Segovia fue erigida sobre
una peña peninsular que,
antaño, era abrazada por los cauces de sendos ríos: el Eresma y el Clamores. Cauces que labraron esa peña hasta conferirle el
carácter pintoresco y virtualmente insular que hoy tiene. Y algo semejante
sucede en el caso de Burgos,
silueteada por los ríos Arlanza
y Bena y fundada en lo alto de un
cerro, el de La
Flora o La
Blanca, que remeda dos de los antiguos nombres de la primera Sant´Anders.
Vigente aún, el primero, en el antiguo arroyo y barrio de La Florida y el
segundo en Piedras Blancas, en las Marismas Blancas y en la hoy desaparecida
ermita de La Virgen Blanca.
También Peña
Castillo -modelo de esas dos
ciudades y de otros millares
más- tenía una configuración peninsular antes de que el desecamiento de las Marismas del Mediodía que llegaban hasta sus faldas, la
alejaran de un mar que había permanecido a su vera a lo largo de toda su
historia. Salvedad hecha, obviamente, de los períodos glaciares. [Fig. 1].
Los malos historiadores han constituido uno de los
peores azotes para la historia de la Humanidad. Porque
a ellos y a sus aberrantes dogmas sobre la raza aria se debió la reciente destrucción de Europa
propiciada por los Nazis..., y a
ellos, igualmente, debe España varias décadas de sufrimiento y
muerte al calor de la disparatada especie del carácter foráneo del pueblo basko y de su
diferencialidad respecto al resto de los Españoles. Pues bien, en un
plano venturosamente no sangriento pero catastrófico para la
conservación del más antiguo legado cultural de la Humanidad, localizado en
Cantabria, la formidable ceguera de los
estudiosos locales ha propiciado el que, en aras de una cantera, hayamos
perdido el emplazamiento de la ciudad, documentada, más antigua del
planeta. Y si la investigación de urgencia que vengo realizando no
lo hubiera impedido, a esa pérdida brutal que supone la total destrucción de Peña
Castillo, le habría seguido en los próximos meses la total destrucción del punto de
alumbramiento de las Fuentes
Tamáricas en la heredad de Campo
Jiro.
Cuando, merced a los libros que inmediatamente
después de éste me dispongo a publicar, se conozca la magnitud
del legado histórico que encierra esa hoy codiciada finca santanderina, a nadie se le volverá a ocurrir,
jamás, mover un gramo de tierra en este COLOSAL tesoro histórico
que, merced a su conversión en Monasterio y, más tarde, en finca
agropecuaria, ha llegado virtualmente intacto hasta nuestros días.
La que, como probaré en su momento, ha sido
la acrópolis más
antigua y, por ende, más importante del planeta, ha perecido
víctima de la mezquindad y de
la ignorancia. Léase,
de dos de los peores azotes que pesan sobre la Humanidad. Nos
asombraríamos si pudiéramos contemplar lo que fue la soberbia ciudadela erigida sobre la cumbre de Peña Castillo pero, por
desgracia, de todo aquello hoy no queda absolutamente nada. El tiempo y su
erosión se llevaron una parte importante, y el resto, lo que
había perdurado más la propia peña, se la ha llevado por
delante una mezquina cantera. Una cantera que enriqueció a un
puñado de Santanderinos,
empobreciendo dramáticamente a todo el conjunto de la Humanidad, privado,
merced a ellos, de uno de los más antiguos y reveladores jalones de su
pasado. Hemos perdido, pues, la primera ciudad de la Historia, para que unos
cuantos se enriquecieran negociando con su piedra... Así se ha escrito
la historia de nuestra especie. Así se ha escrito la historia
interminable de la necedad humana.
Sí, hemos perdido Peña Castillo y en su lugar nos ha quedado una suerte de
esperpéntica caricatura de lo que fue, una peña raída y
desgarrada por todos sus flancos, que será entronizada por las
generaciones venideras como un monumento
a la ignorancia, a la incompetencia,
a la necedad y a la
mezquindad. Un monumento, en suma, a todo lo peor, a lo
más vil, a lo más rahez, a lo más puramente animal que
existe en el ser humano.
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