Fundación de Occidente. Jorge Mª Ribero-Meneses
DICCIONARIO UNIVERSAL. Tomo I. Las Fuentes Tamáricas -I-.
Prólogo. El testamento intelectual, inédito,
de
José María de Areilza
No
concibo mejor forma de prologar este primer tomo de mi Diccionario Histórico-Etimológico-Geográfico
Universal, que ve la luz en las postrimerías del mes de Abril del
año 2005, que recordando a
dos personas que desempeñaron un papel extraordinariamente importante en
los inicios de mi ya larga etapa de dedicación al estudio de los
orígenes de
A mi tío Julio
-dedicatario de este libro y entusiasta de mi trabajo que, a pesar de su edad
muy avanzada, mantiene una lucidez intelectual extraordinaria-, le mantengo
informado de la marcha de mis investigaciones y de los refrendos constantes que
reciben y que tánta satisfacción le producen. Lamentablemente y
desde hace muchos años, ya no puedo hacer lo mismo con José María de Areilza. Y
bien que me duele, porque, ¡qué no habría dado este hombre
emérito por haber podido vivir todos esos episodios recientes de mi ya
largo empeño por recuperar y reconstruir la memoria perdida de
No está ya entre nosotros mi entrañable
amigo José María de
Areilza para emocionarse y vibrar conmigo compartiendo todos estos
descubrimientos. Ya no le cabe, pues, el mismo privilegio que a nosotros nos
proporciona el hecho de llegar a conocer -en estas páginas, en las que
les preceden y en las que les seguirán- cosas que ningún ser
humano ha conocido jamás. Porque él era plenamente consciente de
tener ese privilegio. Como yo lo soy de que el destino me haya elegido para
devolvernos lo mejor de nuestro más remoto pasado. O como
deberían serlo cuantos afronten la lectura de estas páginas. Pues
un privilegio es -el mayor que yo
concibo- llegar a saber lo que jamás se ha sabido, engrandeciendo
con ello el siempre limitado y cercano horizonte de nuestro conocimiento y
dándole a nuestro entendimiento y a nuestra propia vida una
dimensión que, de otro modo, jamás habrían llegado a
alcanzar.
No, no puede José
María de Areilza seguir gozando del privilegio de ensanchar, ya
octogenario, el horizonte de su conocimiento. Tampoco les asiste ese privilegio
a todos los centenares de generaciones que nos han precedido y que pasaron por
este mundo sin llegar a atisbar siquiera, nada de cuanto lo ha hecho como es.
Nosotros hemos tenido mucha mejor suerte. Seguimos ignorándolo todo de
casi todo, pero por lo menos esto lo sabemos. Sabemos mucho mejor
quiénes somos, porque sabemos, al fin, de dónde venimos. Y
sabiendo de dónde somos originarios, podemos comprender mucho mejor por
qué somos como somos. Y por qué pensamos como pensamos. Porque al
fin podemos conocer y entender la forma como se ha construido el lenguaje...,
como ha nacido y se ha desarrollado la escritura..., como se han articulado las
primeras palabras... o como llegaron a modelarse los primeros templos = tumbas de
José María de
Areilza fue Presidente del Consejo de Europa en unos años -en pleno franquismo- en que ningún
Español tenía acceso a cargos de verdadera relevancia
internacional. Ello ofrece una idea de la categoría intelectual y humana
de este extraordinario Bizkaíno
que me honró con su amistad en la última etapa de su vida.
En efecto, me cabe el enorme orgullo de haber sido
la última persona apadrinada por José
María de Areilza. Y tengo razones para pensar que fui el predilecto
de sus ahijados. Al tiempo que la
persona que llenó de ilusión y de entusiasmo sus últimos
años de vida intelectualmente plena y activa. Se me saltan las
lágrimas cuando recuerdo a aquel hombre octogenario -la personalidad
más brillante y completa que ha producido
José María de
Areilza era un intelectual en el más amplio y
pleno sentido de la palabra. No un simple escritor. O un estudioso, míope como la mayoría de ellos. Tampoco
fue un político al uso. Por
la misma razón. Porque era infinitamente más inteligente que la
mayor parte de ellos. Era, sencillamente, un hombre completo. Y por lo tanto,
con la lucidez suficiente como para saber ver a lo lejos. Algo que
demostró a través del crucial papel que desempeñó
antes y durante
José María de
Areilza ha sido una personalidad
de primer orden, cuyos enormes servicios a nuestro país no merecieron el
pago que hubiera sido justo. Lo que entra dentro de lo habitual en un
país en el que se encumbra a los necios y a los mediocres (sumisos por
lo común), a la vez que se condena al ostracismo a las mentes más
preclaras y valiosas... y, por ende, más independientes e insobornables.
Porque Areilza, que gozaba de la absoluta confianza del Conde de Barcelona, no se doblegó jamás ni ante Franco ni ante nadie, aunque fuese
especialmente hábil en su labor de contemporización con quienes,
no en capacidad pero sí en autoridad, se hallaban por encima de
él.
Tengo la intención de ir publicando lo
más interesante de mi larga correspondencia con José María de Areilza, manuscrita en su mayor parte,
y quiero empezar reproduciendo aquí una de sus cartas, fechada en Madrid
el 25 de Noviembre de 1987. Dice así:
Mi querido amigo: Acabo de terminar la lectura detenida y
apasionante de su último trabajo inédito, que usted titula Las columnas de Hércules. Me
quedo asombrado por el enorme esfuerzo de investigación y lectura que
supone. Realmente, los testimonios de historiadores españoles y
extranjeros, yuxtapuestos, forman un alegato de coincidencias impresionantes.
No soy filólogo y no
puedo por consiguiente juzgar sus opiniones sobre la cuestión. Pero
sí me dejan absorto los argumentos de la toponimia y de la
topografía de los lugares aludidos. También los repertorios de
los dioses del paganismo y de sus mitos correspondientes ofrecen un itinerario
originalísimo y bastante desconocido. La verdad es que esos mitos -y
más tarde dogmas- de la era moderna, se hallaban inventados y profesados
por una gran parte de la humanidad antigua en su casi totalidad.
La tesis de los Picos de Europa que usted sostiene es
la única con sentido común que explicaría la
denominación de esos montes. Yo me declaré totalmente adverso, en
un artículo titulado
Quizás conviniera que
modificara el título del libro para que no se creyera que se
refería al problema del Estrecho. Es una interpretación histórica
de gran enjundia y generosidad. Creo que en Israel puede encontrar mucho eco su
tesis aunque contradiga y sobrepase en el tiempo, la historia del pueblo
elegido saliendo, como por encanto, del fondo de los desiertos del Oriente
Medio. ¿Cómo se puede cohonestar, cronológicamente, el
itinerario de Moisés con la raíz judía de los primitivos
pobladores del Sha-pharad o paraíso originario del Norte de
España?
Me gustaría verle a su
regreso de Londres. Un saludo muy cordial de su amigo...
***
En una coincidencia para la que resulta
difícil encontrar una justificación plausible, José María de Areilza fue
a morir a la misma hora y en el mismo día 23 de Febrero de
1998 en el que estaba entrando en la rotativa un libro mío dedicado precisamente a él y en cuyo
primer capítulo hacía una referencia importante a su persona.
Alguien podría pensar que yo tenía noticias del estado terminal
de este gran basko que estaba a punto de fallecer, pero se equivocaría,
porque desde que cayó gravemente enfermo, su familia lo mantuvo
absolutamente alejado del mundo. Como si hubiera muerto. Lo que quiere decir
que durante mucho tiempo no volví a tener noticias suyas. Período
durante el cual no plasmé su nombre en libro alguno, hasta ese momento
en que algo -desconozco el qué-
me indujo a dedicarle uno de los libros claves de mi obra de
investigación.
El testamento inédito de
Areilza Inicio
No se me ocurre mejor forma de rendir homenaje a José María de Areilza que
reproducir a continuación un texto inédito suyo, escrito en el
crepúsculo de su vida, en el que aparece plasmado el auténtico testamento intelectual de
este gran español que tántos y tan inapreciables servicios
prestó a España y a Europa. He guardado hasta hoy estas
líneas que él me hizo llegar y si decido darlas a la luz en esta
ocasión, es porque mi clarividente mentor y amigo habría dado
cualquier cosa por llegar a leer las páginas de este libro,
preñadas de esos refrendos científicos de mis tesis que él
tanto anhelaba y que estaba completamente seguro llegarían a producirse.
Hombre parco en elogios excesivos, como mi tío Julio Rivero y como toda persona inteligente, ¡cuántas
veces me comentó Areilza los paralelismos que él advertía
entre la peripecia intelectual, científica y humana vivida por Santiago Ramón y Cajal y la
mía!
No llegó a conocer, como él tanto
deseaba, la consagración científica de todo este asunto, pero me
consuela pensar que José
María de Areilza, a diferencia de todos esos precursores de mi obra
que he venido rescatando del olvido en mis libros desde hace dos
décadas, pudo ser testigo de excepción, por lo menos, del
arranque de toda la verdadera odisea que han supuesto esos veintiún
años que llevo consagrados a la rehabilitación de la verdad
histórica y a la demostración de que tanto
No soy antropólogo, ni etnólogo,
ni filólogo. Soy un sencillo español de a pie, apasionado por el
remoto pasado de mi país. Desde muy joven, acompañé a mi
padre, médico cirujano y amigo de don Miguel de Unamuno, a recorrer los montes y picos de las cordilleras
hispanas en las que buscaba el rastro del ayer. Solía él repetir
que en nuestro país, como en todas las naciones de factura antigua,
"no hay paisaje sin historia". Y aun podríamos añadir
que no hay paisaje sin prehistoria.
El afán investigador del
hombre moderno cabría definirlo de esta forma: explorar, hacia afuera,
el inmenso espacio que nos rodea con su nutrido bagaje de misterios aún,
en gran parte, no desvelados. Y a su vez inquirir hacia dentro, cuanto pueda
lograrse en el camino de avanzar en dirección al origen del hombre; a
sus primitivas etapas al filo de los miles o cientos de miles de años; a sus ámbitos posibles del
tránsito entre el último de los homínidos y el primero de
los "homos".
No gusto de entrar en
polémicas en torno a problemas de tan entreverada dificultad. Pero
sí me apasionan las noticias que se acumulan sobre este tramo de nuestra
historia pasada, escuchando sin
prejuicio alguno, las últimas novedades que vienen acaeciendo en
este terreno. No creo que en esa dirección investigadora deba
acompañarnos, en ningún caso, el amor propio que está reñido con la verdadera ciencia.
Es cierto que hay muchas hipótesis de trabajo que son -por el momento-
difíciles de comprobar o demostrar. Pero me gusta escuchar a cuantos
persiguen un propósito noble, cual es el de esclarecer el cúmulo
de noticias que aún pertenecen al ámbito inédito de
nuestra historia y que son desechadas, sin más, por la comodidad que
supone la aceptación de los lugares comunes, tradicionales, pero acaso
no del todo veraces. Y recuerdo siempre aquel párrafo de Ortega y Gasset
en el que ya intuía la necesidad de revisar
toda la historia vetusta de España, en cuya tarea se habían de
producir grandes sorpresas.
En la biblioteca paterna que yo
heredé, me llamó siempre la atención una obra del profesor
francés D´Arbois de Jubainville, titulada Los primeros habitantes de Europa. La fecha de aparición de
esta obra es de hace cien años y en ella se sostiene de forma
inequívoca que esos antepasados remotísimos europeos,
venían de la legendaria Atlántida y poblaron España. Y
desde aquí se corrieron al Mediterráneo, Egipto, Grecia, Italia y
al resto de Europa y Asia. Otro argumento que me produjo gran impresión
fue el de que los cronistas de los Reyes de Castilla no olvidaran nunca de
aludir en sus "Memoriales" a una larga serie de reyes míticos
de
Queremos proponeros hoy una
empresa de esclarecimiento histórico con plenas garantías de
autenticidad y con riguroso control de cuanto se vaya logrando; con abandono de
los principios rutinarios; libertad total de criterios y opiniones; no tratando
de demostrar nada y sí, en cambio, de mostrarlo todo con veracidad de
los hallazgos, en las hipótesis, en el significado de los objetos
hallados y en las eventuales polémicas que puedan y deben surgir de esta
tarea. La toponimia es un elemento sustancial para llevar a cabo la empresa. Tampoco tratamos de apoyar, en
ningún caso, esta o aquella interpretación política. Lo
que nos interesa y apasiona es aclarar los muchos misterios que nuestra
historia, como la de toda gran potencia, contiene y ofrece en su riquísimo
pasado. Un pasado sobre el que se han publicado, últimamente, obras
históricas trascendentales escritas por autores extranjeros. Yo he
leído alguno de esos trabajos admirables -sobre el Conde Duque, el
reinado de Felipe IV y acerca de la política mediterránea en
tiempos de Felipe II- y aplaudo ese creciente interés de los extranjeros
hacia períodos mal conocidos del ayer español.
Pero, sinceramente, creo que la luz que pueda
lograrse con el estudio y la investigación de
Por segunda vez en su historia,
España tiene ante sí un programa de política exterior
europea que discurre por los cauces pacíficos de la integración y
de la unificación políticas de Europa. No es, como
escribió Saavedra Fajardo en el Congreso de
En la vanguardia del progreso técnico y
cultural, busquemos con libertad y decisión las raíces profundas,
las raíces remotas de España. No para caer en la falacia
nacionalista de creerse "los mejores", sino para ahondar en nuestras
raíces ancestrales verdaderas. Y en obligarnos a nosotros mismos, con un
mayor contenido de responsabilidad.
No queremos sentirnos superiores a nadie.
Sólo queremos sentirnos más responsables ante el futuro
próximo de Europa y de la humanidad.
Pedimos a quienes tienen medios abundantes para
ello, una ayuda para lograr las pruebas de la perspectiva histórica y
prehistórica de la tierra, la lengua y la raza de los habitantes
primitivos de España. Sin tener que aceptar como indiscutibles las
interpretaciones oficiales que les ofrecen a sus alumnos muchos investigadores
de nuestro país. Y no es un proyecto que vaya contra nadie ni que trate
de imponer un criterio "a priori" de la historia de
Y a orillas del Ebro, el río paterno de
España, deben de resonar las palabras que anuncien ese propósito.
***
Hasta aquí las palabras, absolutamente
inéditas, de José María de Areilza, hablando en su nombre y en
el mío y suscribiendo con firmeza y convicción las tesis que
recibió de mí en nuestra fecunda e intensa relación de
amistad durante los últimos años de su vida activa.
Obsérvese cómo en el texto de Areilza
que acabo de reproducir, éste empieza hablando en primera persona al
tiempo que rindiendo un legítimo homenaje de gratitud a su padre, del
que heredó la pasión por el pasado del ser humano. Poco
después, sin embargo, el Conde de
Motrico escribe ya en primera persona del plural. Que no en el denominado plural mayestático. ¿Por
qué este cambio? Para entender esta mudanza, así como la
circunstancia en la que se produjo este escrito de José Mª de Areilza, hemos de retrotraernos al
otoño del año 1991, en vísperas por lo tanto de los fastos
de 1992. Por aquellas fechas se celebró un ciclo de conferencias en
Zaragoza, organizado por mí, en el que por vez primera en España
se contemplaba la posibilidad de que hubiese sido nuestro país el que
dio vida a Europa. Areilza iba a pronunciar una conferencia dentro de ese
ciclo, pero la grave enfermedad que padecía una de sus hijas y a la que
se unió la de su propia esposa, le impidió viajar a la capital del Ebro. En su defecto y para
respaldarme ante los patrocinadores y el nutrido público que
asistió a todas las charlas del ciclo El río Ebro y los
orígenes de Iberia, decidió escribir varias
páginas con el fin de que las leyese yo personalmente en nombre suyo. Y
de ahí el que después de exponer algunas opiniones personales,
pase a hablar en su nombre y en el mío.
De las palabras de José María de Areilza en el texto que acabo de
reproducir, se infiere claramente la desazón que en él
existía ante la dificultad de obtener los medios necesarios para bucear sin trabas y sin prejuicios en el
pasado de España. Como queda claro, igualmente, que él era
perfectamente consciente de que el único obstáculo que estorbaba
nuestro empeño era la oposición frontal de todos aquellos profesores
e investigadores a los que la nueva
lectura de
Éste que acabo de dar a la luz, en calidad de
auténtica primicia, es uno de los escritos más importantes de la
vida de José María de
Areilza. Por tres razones muy precisas. En primer lugar, porque en
él se descubre la verdadera vocación, desconocida para todos, del
Conde de Motrico. En segundo lugar,
porque dado su carácter exacerbadamente diplomático y cauto,
Areilza no se comprometió en su vida prácticamente con nada y con
nadie. Sólo con grandes causas como el advenimiento de la democracia, la
reinstauración de la monarquía o la integración de
España en Europa, a la sazón y a mi juicio, el más
acariciado de sus sueños. La tercera razón que le otorga a este
auténtico manifiesto de
Areilza una importancia superlativa, es la de que se trata del único de
sus escritos en el que amén de comprometerse sin ambages ni reservas de
ningún tipo, ese gran conservador que fue siempre este ilustre
bizkaíno se muestra inequívocamente revolucionario y empeñado
en una causa que, como él sabía muy bien, iba a dar al traste con
una buena parte -por no decir con la totalidad- del saber tradicional
establecido en relación con los orígenes del hombre, con su
historia, sus ideas e, incluso, con la génesis de sus creencias
religiosas. Y todo esto, no se olvide, afrontado a los ochenta años por un hombre adscrito, durante toda su vida, a
la democracia cristiana. Lo que da prueba de la extraordinaria apertura y
vitalidad intelectual y, por ende, de la excepcional inteligencia de este
español insólito y ejemplar.
Hasta que nos conocimos hacia el
año 1985, lo único que me unía a José María de Areilza era mi admiración hacia
él y la coincidencia de que él hubiese sido el primer
español en haber ocupado